Ya no
quedaban libros; después de que la lluvia termino, y nos permitieron volver a
casa, para arreglar los desastres que causo la inundación, recorrí mi casa
sin pesar, observando cada cosa destruida, no solté una sola lagrima, no me
importaba nada de lo material; pero, al llegar al lugar donde antes estaban mis
libros, me derrumbe, no lo pude soportar, no quedaba ni un solo libro, algunos
irreemplazables; llore por horas, recordando todas las historias que habitaban
en esos libros, la forma en que las había vivido en mi imaginación, lo que me
habían dejado y que nada podría quitarme; entonces, las lagrimas cesaron, sí,
los libros estaban destruidos, pero las historias que contaban y las emociones
que me habían hecho sentir aun estaban en mi corazón y de ahí, jamás se irían.
N. Rodríguez
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